¿Alguna vez te has sentido extraño? ¿Diferente? ¿Extranjero?

Recuerdo como, con gran alegría siendo pequeña, vivía la llegada a mi casa de una de mis tías que vivía en Europa. Era una sensación parecida a la navidad, ella llegaba cargada de regalos para la familia, no es que trajera mayores cosas, pero por pequeño que fuera el detalle se sentía como un tesoro inigualable.

Ella era un poco dura y seria, me causaba una sensación ambivalente, la veía como una persona diferente y a su vez muy parecida a nosotros. Por lo general, vestía ropa elegante y diferente a la que había en las tiendas locales, tenía un marcado acento español al hablar y en su caminar mostraba gran seguridad e incluso altanería. En mi mente la veía como una persona privilegiada que muy seguramente vivía en el paraíso.

También recuerdo que a todo extranjero que llegara al pueblo y que fuera de origen norteamericano o europeo lo llamaban de inmediato “El gringo” y que la gente trataba de ganarse su amistad y aprecio como si fuese un ser superior y mejor a nosotros.

Nací en Colombia y viví toda mi infancia y juventud en un hermoso, pero pequeño, pueblo incrustado en las montañas de los Andes, donde todos se conocen con todos, y donde los extranjeros se reconocen a simple vista. En mi inconsciente empecé a pensar que ser diferente debía de ser maravilloso y que la palabra “extranjero” significaba: ser una persona amada y apreciada por todos.

Luego viajé a estudiar a Bogotá, y allí tuve mi primera experiencia como “diferente”. En aquella época, no existían los medios de comunicación que ahora y las diferencias culturales entre la provincia y la ciudad eran abundantes. En Bogotá me sentí perdida y a la vez desconocida, tenía miedo de tomar un bus, miedo de equivocarme, miedo de ser robada, miedo de perderme en esa selva de cemento.

Pero a los pocos meses ya había perdido la inocencia y me movía entre sus calles como pez en el agua. Luego de sufrir tres robos, sabía cómo actuar y como se dice en Colombia había a prendido a “no dar papaya”. Me sabía de memoria los buses que me llevaría de la casa a la universidad y a otros lugares importantes. En pocos meses dejé de ser diferente y me convertí en una citadina.

Cuando me vine a Europa pensé que la situación sería similar, imaginé que a los pocos meses me convertiría en una europea y que regresaría a Colombia a visitar mi familia como mi tía, pero la realidad fue muy distinta y nadie me advirtió de mi error.

Mientras en Colombia los extranjeros son vistos como personas de respeto, en Europa los extranjeros son vistos como invasores o intrusos: El primer país al que llegue a vivir fue Francia, allí la soledad me caló hasta los huesos, el no hablar bien francés hacía que los habitantes de ese país me miraran con desprecio, lo llaman “El orgullo francés”, pero yo no le di importancia, pensé que no necesitaba que me amaran sino ser valiosa y por eso di lo mejor de mi estudiando el idioma para integrarme a la sociedad. Pero sin éxito en esta meta, terminé refugiándome en la seguridad de mi hogar, lo que me llevó a no hacer ningún amigo local.

Esa experiencia fue dura, constantemente tenía que luchar contra la soledad y la sensación de haber perdido cosas importantes, pero a su vez esa experiencia también fue muy enriquecedora, me enseñó que la palabra “extranjero” tiene varios significados y uno de ellos es el que los extranjeros son personas “diferentes”. Para las personas de mi pueblo ser diferente significaba ser mejor y más experimentado, para Europa ser diferente significaba ser inferior y necesitado.

Luego me fui a vivir a España, allí sufrí discriminación verbal en la calles y supermercados, me llamaban “latina” como si eso fuera una deshonra y me gritaban que me fuera de su país. Ahí comprendí que mi tía, la que venía a visitarnos desde Europa también había sufrido discriminación y eso la había vuelto dura y seria, pero también me di cuenta de que, de allí, venía su caminar seguro y su cabeza en alto y arrogante que me causaba tanta admiración.

Sufrí mucho con ese rechazo, traté de ser como los españoles, hasta practiqué el acento, pero eso me hacía sentir hipócrita. Yo soy latina ¿Porque tendría que sentirme inferior a los españoles? Busqué consuelo en los demás latinos que encontré y comprendí que mi valor no estaba en lo que opinaran los demás de mí, sino en lo que opinara de mí misma.

Duré meses pensando en qué podría hacer para sentirme perteneciente a ese país. Al fin y al cabo era yo la que había querido mudarme allí por el idioma, pues pensaba que ese había sido mi problema en Francia, pero el problema de no sentirme aceptada lo seguía viviendo en España.

Luego entendí que yo era diferente, y que seguiría siéndolo siempre. A los ojos de los habitantes de ese o de cualquier país donde viviera siempre sería una extranjera, me di cuenta de que ese rechazo que experimentaba atendía a un miedo que sentían esas personas, no por mí, sino por la historia de Europa. Ellos durante siglos se invadieron unos a otros con guerras y masacres, lo que los llevó a construir un orgullo regionalista. No es que no me quisieran, es que no me conocía, no sabían mis intenciones y reflejaban sus miedos en mi persona.

Utilicé la compasión como medio de sanación, me puse en sus zapatos, comprendí su historia y aprendí que mi valor sólo me lo puedo dar yo misma.

A los cuatro años nos fuimos a vivir a Berlín, con dos hijos y un esposo alemán, me sentía más segura, más valiente, más preparada para afrontar el rechazo por ser extranjera, por ser diferente. Mi sorpresa fue, que al llegar a ese país, por primera vez no me sentí más “fuera de lugar”, el idioma lo hablaba, lo había aprendido y estudiado desde el primer día que pisé Francia, la cultura la había aprendido con la interacción con mi esposo y su familia y mi autoestima estaba en lo más alto. La palabra “latina” ya no era un problema, todo lo contrario, me sentía orgullosa de mis orígenes y empecé a verme como una representante de Colombia en el extranjero.

No negaré que tuve mis malas experiencias, personas racistas de esas que hay en todos los países, pero yo ya no era esa niña ingenua que se rompía ante el rechazo. Ahora era una guerrera que se mostraba al mundo con orgullo y destreza.

Luego de Berlín nos mudamos a Belgrado capital de serbia, donde me sentía como los “gringos” que llegaban a mi pueblo.

Ahora vivo en Holanda, un nuevo país, una nueva aventura.

Nunca más me volví a sentir discriminada, soy diferente y ese es mi mayor orgullo y mi mayor fortaleza, porque soy extranjera.

La discriminación existe, pero tú puedes ser superior a ella, aquí te doy 5 consejos para que nunca más afecte tu vida:

1. Aprende la historia del país donde vives, comprende por qué su rechazo a los extranjeros. Aprende su idioma y su cultura, eso te dará seguridad a la hora de hablar.

2. Trabaja tu autoestima, sino te sientes orgulloso de lo que eres y de dónde vienes, nadie te valorará como tu deseas.

3. Mírate como embajador de tu país, de tu tierra, de tu gente, lo que tu hagas afectará directa o indirectamente a todas las personas de tu misma nacionalidad. Siembra amor y no desesperanza.

4. Utiliza la compasión para perdonar a los que te traten mal y nunca te tomes nada de forma personal, una frase que saco del audio libro “Los 4 acuerdos que puedes escuchar en mi canal de YouTube. Cada persona vive en su propio mundo y los que discriminan viven en un mundo de sufrimiento. Ellos buscan hacerte daño para sentirse mejor. ¡No les des ese gusto!

5. Empodérate, mejora tu postura corporal, no dejes duda de tu valor ante nadie y siempre debes dar lo mejor de ti siendo completamente auténtico.

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Síndrome del migrante

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